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martes, 6 de enero de 2009

Angel de la Guarda

A mi nieta

En un lugar llamado Paraíso, existe un puente donde viven los ángeles que custodian a los seres infantiles. Hay uno para cada niño. Cada ser alado permanece con su pupilo aun después de la edad en la que al llegar a viejos, querrán perpetuar misterios en los oídos de otros niños. Su ángel los escolta siempre, los acompaña cuando emprenden rumbos mucho más extensos que la insondable distancia que existe hoy entre la inocencia y mi risa. Pues bien, la claridad que se cuela por el celeste hueco arranca destellos a las perlas del rocío que atrapa el puente con sus brazos de telaraña, igual que brillan las monedas para pedir deseos en el fondo de las fuentes mágicas.
Enumero ahora algunas de las fantásticas cosas que esperan en el mundo a los pequeños cuando crezcan:
  • Océanos que vomitan majestuosas olas: a las más audaces aves marinas causan miedo.
  • Gigantescas peñas engarzadas con corales en mares de zafiro, a las que en su afán de recorrerlas, los hombres les construyen enormes barandales.
  • Selvas que engendran laberintos en las colas de los monos.
  • Desiertos que forman con sus dunas, un panal de arena en cuyas celdas el viento esconde sus huellas.
  • Ciudades cuyos edificios tienen elevadores para tocar al cielo, pero al tardar tanto en alcanzarlo, las personas llegan hablando lenguajes diferentes.
  • Calles tan largas que si un niño intenta recorrerlas, llegará el momento en que las irá barriendo con su propia barba.
  • Montañas en cuya blancura los pinceles del Sr. Sol se entretienen antes de dormir.
  • Profundos cañones iluminados por el impetuoso vuelo de los últimos cóndores.

    La gente sabe que estos virtuosos seres alados, además de acompañar paso a paso y aconsejar siempre a los viajeros cómo regresar sanos y salvos después de visitar tales prodigios, cumplen con singular empeño otras tareas: administran los cantos, vuelos y colores de las aves; determinan el ciclo de las cosechas; elaboran el perfume de exóticas flores tropicales; otorgan los poderes de marzo a algunas hierbas silvestres; aromatizan la miel de la caña; vigilan los retoños de mangos y naranjos; bruñen las azules alas de mariposas que revolotean entre azahares de cafetos; conducen con seguridad entre las alambradas a las tiernas guías de los chayotes, y dan el alerta a los chayotezcles para que se vayan a bañar al punto del mediodía; voltean de cabeza las pencas del platanar; alimentan al volcán en su pico con jugosas nubes; purifican y alegran el agua que brota de las montañas; duermen en la circunferencia de la piedra del gigante; retozan con madrugadores astros y se levantan justo cuando el primer rayo de sol toca los hilos de oro de su puente - casa.

    A pesar de que los ángeles guardianes saben hacer tantas maravillas, sucede que a veces, cuando los arrebatos que salen de las habitaciones de los niños agotan el entusiasmo de las gotas de lluvia piando en los tejados, y todas las botellas del mundo no alcanzan para envasar los miles de litros de berrinches; desolados, los ángeles se suspenden en un extremo del puente. Un velo de neblina cubre sus pies; parecen los mascarones de la proa de extrañas naves. Extienden sus alas, las mecen muy muy rápido y derraman lágrimas a cada batir, de tal suerte que pronto su llanto inunda piedras, campos, puentes y sembrados. Cuando todo está anegado, brillan las monedas de los deseos como si hubiera una fuente mágica en el Paraíso.

miércoles, 6 de agosto de 2008

Infinito, de Lilia Ramírez




Infinito
Revista Parteaguas
Otoño 2007, AÑO 3, N0. 10
Instituto Cultural Aguascalientes


Papá, ¿qué es infinito?, Que no se termina de contar nunca. Tal respuesta fue bastante difícil de aceptar, ¡cómo no se iba a poder! Para comprobarlo atosigué, durante toda una jornada a la cercana Sierra de Zongolica, a mi paciente maestra del segundo grado de primaria mientras recorríamos su pueblo natal a la búsqueda de aportaciones monetarias que me abrirían el camino hacia la crema y nata de la nobleza escolar: Reina de la Primavera. Debido tal vez a que la bondadosa profesora había sabido conservar sus amistades, o a la gracia que mis escasos años exhibían, conseguimos reunir mayor cantidad de dinero que los otros grupos de nuestra escuela, sin embargo, nuestros esfuerzos resultarían vanos, puesto que el cetro iba a serme arrebatado por el injusto veredicto de la Dirección, quien a última hora decidió otorgarlo a la candidata del sexto grado, argumentado en la cercanía de su egreso (me pregunto todavía si el director padecía cierta aversión a convivir con una reina legítima).

De cualquier manera, sentada en el trono de la corte que presidió las fiestas primaverales de ese año, en el desaparecido Barrio Textil de Cerritos, al norte de la ciudad de Orizaba, la usurpadora portó con descaro una hermosa capa de terciopelo rojo, cetro y corona, financiados con los recursos de los antiguos vecinos de mi obediente profesora.

El asunto es que, como dije antes, durante el viaje a la Sierra conté y conté sin parar: uno, dos, tres…, ciento uno, ciento dos, ciento tres…, mil uno, mil dos, mil tres…, diez mil uno, diez mil dos…, cien mil uno, cien mil dos…, ¿Qué sigue después del novecientos noventa y nueve mil novecientos noventa y nueve?, Un millón, contestó inmutable mi maestra. ¿Y después?, Otra vez un millón uno, un millón dos. Inmediatamente advertí la trampa: no había novedad en los términos para nombrar los números mayores, se trataba de una simple repetición que volvía a empezar cuando se llegaba al límite. Entendí que con ese sistema, realmente no se acabaría nunca de contar, pues no era cuestión de genio, sino una treta inventada para no tener final. Inmediatamente perdí interés en seguir la comprobación de tal asunto y me dediqué a observar a los perros callejeros que en el pueblo de mi maestra abundaban, y a sonreírles a los rancheros que, ataviados con sombreros y huaraches, depositaban en la urna de recolección arrugados billetes y sonoras monedas como contribución al logro de un trono, predestinado a ser arrebatado.

Pasados muchos años, de viaje nuevamente por esa exuberante y majestuosa Sierra debido a motivos muy diferentes a colectar dinero, observé arrobada algo que había olvidado viviendo en la ciudad: el plateado cielo que cubría toda la bóveda celeste, manifestaba tal aglomeración de estrellas que no quedaba sitio para una más. Encriptada en las ondas de un ladrido lejano, la respuesta de mi padre llegó como una revelación: infinito es, que no se termina nunca de contar.